Donostia, 3: El muerto y ser feliz, fogonazo de gran cine libertario

Barry Levinson se estrena en el cine de terror con la muy notable “The Bay”

por José Luis Losa

Fue la de ayer una jornada de cine espléndido en esta 60ª edición de un Festival de San Sebastián que parece estar viviendo, además, una afluencia a las salas que amenaza con reventar las bóvedas del Kursaal y que convierte el vetusto Teatro Principal, sede de buena parte de los pases de prensa, en sauna finlandesa. Todo ello, seguramente, al socaire del impulso mediático que supone este año el despliegue de estrellas de Hollywood en un non stop que si el sábado contó con Ben Affleck y Alan Arkin, el domingo continuó con la toma del festival por parte del resurrecto Oliver Stone y sus cómplices en la vibrante Savages, John Travolta y Benicio del Toro.

Pero les hablaba al comienzo sobre el placer, ciertamente anómalo, que supone un día de festival en el cual en cada una de las citas te espera una propuesta estimulante. Los festivales, por norma, tienden hacia lo opuesto. Son muy normales esas jornadas en las que una película “malaje” te asesta un crochet a primera hora de la mañana y, sin tiempo a recuperarte, vas recibiendo sucesivas tundas que acaban con el cronista en la lona, a media tarde, por K.O. técnico.

Celebremos pues sucesos como el de este sábado en el cual asistimos al nacimiento de una película formidable, libérrima, de esa casta de cine indomeñable que pasea su naturaleza de arte cimarrón desde el primero de sus planos. Esta obra capital, que por si misma justifica ya la edición de un festival de cine, se llama El muerto y ser feliz, tercer largo de un autor, Javier Rebollo que ha ido desde sus comienzos demarcando su territorio, ajeno a modas o imposturas. Y que en El muerto y ser feliz ofrece, sin duda, la muestra más depurada de su talento para desnudar el cine de todo artificio y devolverlo como alquimia de imágenes en estado de bellísima naturaleza salvaje.

El muerto y ser feliz puede ser descrito como una road-movie o un western austral sobre los últimos días de un asesino a sueldo agonizante y que solo cabalga ya a base de chutes de morfina. Pero eso sería una simplificación que no haría justicia a los desafíos que Javier Rebollo plantea al espectador de modo directo, sin concesiones. Una voz en off femenina va relatando las imágenes y aliterando los diálogos y situaciones de la historia de este killer que no mata ya ni a una mosca, si alguna vez la mató. Esa voz en off, que podría descabalgar de la pantalla al espectador más canónico, no hace sino despejar la ruta del matador en su viaje por la Argentina profunda, un José Sacristán que juega también, y conscientemente, con la aliteración de encarnarse a si mismo, un español de Chinchón hablando un latinoché intencionadamente imposible. La importancia que Rebollo confiere a esa sacristanización de su asesino a sueldo es tal, que no deja lugar a dudas de que el personaje y la historia fueron pensadas y escritas para que sobre ellas entronizara Pepe Sacristán una de las más emotivas, sabias y ya indelebles reencarnaciones que haya protagonizado un actor mirándose hacia adentro, para extraer de sus entrañas, no ya el dolor que acompaña a su sentenciado cuerpo, sino una fluida y tersa emanación de cinismo, descreimiento, humor, vitalidad moribunda y, finalmente, ese trayecto de crescendo insuperable hacia el “bel morir”, uno de los más conmovedores y poéticos que este cronista haya tenido la ocasión de disfrutar en mucho tiempo. Sin duda, habrá que volver y profundizar mas adelante sobre la libertaria y al tiempo reflexiva aventura que Javier Rebollo propone en El muerto y ser feliz, en sus intersecciones de estilo o de espíritu, que pueden presentirse desde Huston a Kaurismaki, de Peckinpah a Bresson, de Melville a Tarantino. ¡Sí, el ritmo que conduce al crédito inicial con el título del film es secretamente tarantiniano!. Pero sería injusto no reconocer, de partida, que lo que se abre con esta película es un universo con nombre propio, el que Javier Rebollo desmocha con su mirada para devolvernos la creencia en la capacidad del cine para inaugurar, todavía hoy, espacios infinitos para las baladas o las elegías donde no hay otra retórica que la de la verdad.

Qué decirles si, además de esa capacidad de regeneración cinéfila que nos regala El muerto y ser feliz, el día nos deparó la fortuna de que un director norteamericano con todo el aspecto de haber tocado fondo, Barry Levinson, va y se presenta en San Sebastián con una película The Bay, que se inscribe en esa temible modalidad reciente del cine de falso documental. Y que, además, el producto llegue avalado por Oren Peli, el perpetrador de la estomagante estafa Paranormal activity. No sé si podrán creerme si afirmo que, con esos antecedentes que podrían entrar en lo penal, Levinson nos pasma al sacarse con The Bay una pequeña gran joya del cine de terror, y lo hace utilizando el peligroso lenguaje de las grabaciones amateurs, las cámaras web, el skype, los wiki-leaks para servir un vibrante ejercicio de estilo, una lectura visual y, sobre todo, narrativa, de las nuevas tecnologías aplicadas a una película de género que sólo tiene precedente en la sensacional Redacted de Brian de Palma. The Bay se sustenta sobre un guión-estereotipo, el de una población costera que sufre una infección colectiva, una plaga derivada de mutaciones por contaminación; es decir, lo que se ha contado decenas de veces y suena ya a revenido. Pero la tensión que Levinson es capaz de generar, el clima de insania que invade la sala proviene de la importancia del cómo se articula ese cliché. Y The bay está tan bien articulada que, de la manera más inesperada, se convierte en un festín con aspecto de devenir obra de culto para los que sufrieron en las playas de Amity.

Y completó la jornada perfecta Sleepless Nights, un perturbador documental sobre el terrorismo de estado, el que practicaron las milicias falangistas sobre la población palestina en el Líbano de la década de los ochenta del pasado siglo. La incapacidad de asumir la culpa por parte del verdugo, el número dos en la responsabilidad de las matanzas de Sabra y Chatila, y la imposibilidad de una víctima para hallar en su seno espacio para el perdón, dialogan de manera inquietante en esta primera película de la debutante libanesa Eliane Raheb.

Chuzame! A Facebook A Twitter

Indielisboa 2010

Despois dunha edición, a de 2009, afectada pola difícil conxuntura económica, en 2010 o Indielisboa colleu novos folgos grazas a un importante aumento do apoio financeiro que o festival recibe das institucións públicas e privadas, en especial a través do Programa MEDIA, do Instituto de Turismo de Portugal e a Caixa Geral de Depósitos, que se asocia como parceiro oficial e permite a incorporación dunha nova sala, a Culturgest, un espectacular edificio situado en Campo Pequeno. Ademais de acoller boa parte das proxeccións de gala nos seus dous grandes auditorios, na Culturgest atópanse tamén as oficinas e a videoteca do Indielisboa, reemprazando como espazo central do certame ao tradicional Fórum Lisboa. Como reforzo deste novo eixo espacial do Indie, os xardíns do Palácio Galveias, xusto enfronte da Culturgest, convertíronse cada tarde nun punto de encontro aberto a todos os usuarios do festival, nomeadamente os profesionais, alimentando unha das ideas claras que pretende a organización, encabezada polos seus tres codirectores, Miguel Valverde, Nuno Sena e Rui Pereira: a de facer de Lisboa un lugar de convivencia e reflexión amigábel arredor do cinema.


Go get some Rosemary (Josh e Ben Safdie, 2009)

Marcado sempre por dous días feriados emblemáticos, o 25 de abril e o 1 de maio, o Indie é por mor da súa data de celebración o último dos grandes festivais xeralistas europeos antes de Cannes, a gran feira que supón o verdadeiro comezo da tempada cinematográfica. Lisboa é pois unha das escalas finais para moitos filmes estreados case un ano antes no certame francés, caso de Go get some Rosemary, dos irmáns Josh e Ben Safdie, que se alzaron co Gran Premio de Longametraxe cun filme que deixa un delicioso sabor de boca. Un agradábel e saudoso canto ás relacións paterno-filiais de forte pouso autobiográfico que se deu a coñecer na Quincena de Realizadores en 2009 e que despois formou parte da sección oficial do Festival de Xixón, ao igual que a outra triunfadora, La pivellina, dirixido por Rainer Frimmel e Tizza Covi, fermosa historia cunha parella de artistas de circo que acollen unha nena de dous anos abandonada nun parque. Un excelente retrato de familia alternativa que conmove sen caer no sentimentalismo e acabou levando o Premio de Distribución, que facilitará a súa exhibición comercial en Portugal. Tamén a concurso estivo a maxistral traxicomedia La mujer sin piano de Javier Rebollo, que se verá no CGAI a mediados de xullo coa presenza do director. Unha Carmen Machi afastada dos excesos televisivos dalle corpo ao personaxe central, unha muller que unha noite decide fuxir da súa vida alienada e convencional armada cunha perruca e unha maleta. O hábil e sutil guión de Rebollo e a súa compañeira Lola Mayo é a fértil base sobre a que se sustenta esta obra hipnótica, resolta en poucas semanas por un director en estado de graza que simultaneou a rodaxe e a montaxe do filme encadenando días e noites case sen descanso.

Maiores riscos asume o equipo do Indie nas seccións paralelas, que ofrecen unha panorámica ben audaz da creación contemporánea. Na sección Observatorio presentáronse os dous filmes máis recentes de Werner Herzog, homenaxeado in absentia na edición anterior: The bad lieutenant: Port of Call New Orleans, xa estreado en España, e My son, my son, what have ye done?, demostracións de que a estas alturas da súa carreira o mestre alemán está en condicións de convertir nunha obra mestra calquera material que lle poñan diante por perralleiro que sexa. Outro nome imprescindíbel é o de James Benning, de quen puidemos ver Ruhr, o seu salto ao vídeo dixital despois de case corenta anos traballando en 16mm. O resultado non está á altura dos filmes anteriores do xenio de Milwaukee e mesmo inclúe algunha secuencia inesperadamente fea (a da mezquita), mais ou menos compensada polo tour de force final, un plano dunha cheminea dunha hora de duración. As seccións Observatorio e Cinema Emergente repartíronse as novas obras dalgúns cineastas habituais dos circuitos festivaleiros, coma Johnnie To (Vengeance), Tsai Ming-Liang (Visage), Raya Martin (Independencia), ou, no ámbito da curtametraxe, Apichatpong Weerasethakul (A letter to Uncle Boonmee), Duncan Campbell (Make it new John), Tan Chui Mui (One future), Jay Rosenblatt (The darkness of day), Père Portabella (Mudanza) ou a parella Semiconductor, Ruth Jarman e Joe Gerhardt (Black rain). Especialmente valioso foi o foco dedicado ao inglés Ben Rivers, nacido en Somerset en 1972 e agora afincado en Londres; un creador que roda sempre con vellas cámaras Bolex de 16mm e mesmo revela e procesa a man os seus filmes.

O Indie 2010 rendiu tributo ao Fórum da Berlinale no seu corenta aniversario por medio dunha excelente escolma de películas presentadas nesa sección do festival alemán ao longo da súa historia. Un repaso ecléctico que incluiu alfaias como Baara, dirixida por un dos grandes nomes do cinema africano, Souleymane Cissé; a abraiante Beau Travail de Claire Denis; Sauve qui peut (la vie) de Jean-Luc Godard; Dust in the Wind de Hou Hsiao-Hsien; D'est de Chantal Akerman; a triloxía coa que Bill Douglas revisou a súa infancia, My Ain Folk, My Childhood e My Way home; a radical So is this de Michael Snow, mediometraxe composta unicamente por un texto presentado en pantalla palabra por palabra, e , obra mestra dunha das autoras que máis alegrías nos está a dar nos últimos anos, Sharon Lockhart. A documentalista Heddy Honigmann, a quen coñecemos por películas como Forever, vitalista achegamento ao cemiterio parisino de Pere-Lachaise, protagonizou a outra retrospectiva -quizá non tan necesaria- desta edición.


Fantasia lusitana (João Canijo, 2010)

Con todo, o papel máis importante que cumpre o Indielisboa é o de permitirnos avaliar o estado actual da industria cinematográfica fo país veciño. Os filmes portugueses, este ano especialmente numerosos e repartidos por todas as seccións do festival, son o eixo das Lisbon Screenings, un apartado que coordina Ana Isabel Strindberg e que vai dirixido a xornalistas e programadores estranxeiros, aos que se lles presentan filmes inéditos e mesmo algúns proxectos aínda en fase de produción, caso de Luz escura de Susana de Sousa Dias, nova mirada á memoria da ditadura na liña do seu anterior documental 48, premiado hai uns meses en Cinema du Reel. Fantasia lusitana de João Canijo válese de material de arquivo para reconstruír o papel de Portugal durante a Segunda Guerra Mundial, mesturando os textos dos refuxiados que fixeron escala no país para escapar do nazismo, coa visión oficial do salazarismo que imaxinou o país coma un territorio de paz e neutralidade. A excelente Muito alem de Mário Gomes ofrece un retrato austero dunha pequena aldea portuguesa en proceso de extinción que só recupera algo de vida no verán, nun documental que pode verse como a cara B da sublime Aquele querido mês de agosto. Moi prometedor é o debut na longametraxe de Pedro Caldas, Guerra civil, que manexa con fortuna algúns tópicos contemporáneos (a adolescencia, as familias rotas, a nostalxia polo pasado musical, neste caso Joy Division) para rematar cun final innecesariamente dramático.


Muito além (Mário Gomes, 2010)

A mellor longametraxe portuguesa vista no Indie é o froito de máis dun ano de traballo cos presos dunha cárcere do norte do país: Sem companhia de João Trabulo, que camiña entre o documental e a ficción nun exercicio de estilo moi próximo ao espírito de Pedro Costa. O outro gran momento do Indie chegou coa estrea de Voodoo, curtametraxe que confirma a Sandro Aguilar como un dos mellores creadores de imaxes do cinema europeo actual.

Artigo publicado no número de xuño de 2010 da revista Tempos Novos

Chuzame! A Facebook A Twitter