Lo destruido, la espera. Notas sobre el cine de Béla Tarr

por Alberto Ruiz de Samaniego

Ritornello. Hay algo percutiente, repetitivo, giróvago en el cine de Béla Tarr. Es un efecto que a menudo abraza sus tramas, con una circularidad asfixiante y neurótica, y que se enfatiza, por ejemplo, en el tratamiento de audio, con esos ruidos que se reiteran - agua de grifo goteando, silbidos de las máquinas, golpeteos en la oscuridad, susurros de los elementos-; pero también con la música, como de alucinada verbena o pasacalles de ultramundo, ya sean notas mínimas, repetitivas, en un acordeón sonambúlico que siempre retorna, o ya en las creaciones del músico Mihály Vig. Esos ruidos percutientes baten en la conciencia desdichada de los protagonistas como un martillo abriendo grietas en un muro ya de por sí resquebrajado.

Ritual. La cámara, efectivamente, se mueve. Y los actores, en el interior de ese curso obsesivo que el objetivo traza, se petrifican o congelan casi como estatuas de sal, como en un continuo, contenido acto ritual. El cine de Béla Tarr tiene algo del Mizoguchi de los 47 samuráis, de ese formalismo exacerbado, donde el tiempo languidece y los cuerpos se vuelven pesadas piedras silenciosas, como enormes planetas negros y cansados, melancólicos: constelación como de Saturno. Cargados con una densidad que les supera, criaturas parásitas en un elemento o medio que (ya) no es el suyo, los personajes, cuando hablan, lo poco que hablan, lo hacen como sibilas, en medio de su desvarío y oscuridad. En la escritura del cineasta húngaro es muy importante también el uso y sentido de la elipsis, para unificar uno tras otro los diversos bloques de duración en que todo film de Tarr consiste; igual que el artificio sumo donde un blanco y negro muy contrastado contiende con las nieblas y los resoplidos del polvo y los rincones. Realismo trascendido, pues, en su raíz más terrena, en su entraña: hasta el onirismo o la visión. Metafísica entonces de – y desde- la materia extenuada, cuando lo agotado es, como en El caballo de Turín, el mundo todo.

Béla Tarr o la materialidad de las cosas, incluso de la luz. Y especialmente de los pequeños objetos, los más humildes enseres domésticos: cajas, puertas o arcones de madera, mesas y sillas, jarras de vidrio, pieles de patata, manteles y cuchillos, objetos de cocina…De las tareas más humildes y cotidianas: el roce de los zapatos sobre el suelo, las costumbres de aseo, todo tipo de protocolos sociales habituales elaborados con la mayor austeridad y simpleza. Las secuencias tienden a culminar, por ello, a menudo, en la figura del bodegón. Pues nada es más importante al cabo que las actividades meramente corporales, fisiológicas, del gesto atado a la tierra, la gravedad y la carne. La metafísica se hermana entonces con la infra-física, y la repetición o el formalismo extremo devienen, en definitiva, el entrenamiento consuetudinario de lo espiritual.

Apogeo del plano secuencia. En su seguimiento del andar, o simplemente del estar, la cámara que acompaña la caminata o la presencia del actor se vuelve pasoliniana. Elogio y práctica intensificada, morosa de la cámara-entre, la cámara como intervalo que circula con y entre los seres y las cosas: culminación del cine de poesía, del estilo indirecto libre según PPP. Cada plano secuencia supone la construcción y el seguimiento de un bloque de vida puro, un continuum que respeta la naturaleza de la duración en tanto que flujo donde las cosas, los hombres y los afectos se mezclan y gravitan al modo de un campo magnético problemático y fatal. Cada plano secuencia dibuja un microcosmos, formaliza o condensa un trozo de espacio-tiempo donde se concentra toda la presión cósmica. Donde se sostiene o circula la vida en medio y antes de su – segura- desintegración. Es este apogeo del plano secuencia y sus virtuales variaciones y matices, o saltos de detalle y visión dentro del plano, lo que hace que el cine de Tarr evite el montaje explícito, como actividad separada y posterior al acto de la filmación, a favor de una suerte de montaje interno realizado en el momento mismo del registro.

Tableau vivant. Hay también algo de tableau vivant en la forma de concebir las escenas. Una minuciosa coreografía estática: tiempo y personajes (o espacio) se mueven como un lento e impasible, imponderable ballet. Una danza verdaderamente demoníaca, ronda o rondó como del diablo. Pero lo importante es el lugar. Mucho más que un espacio cualquiera. El lugar preciso en que moverse, desde el que moverse y existir. Por donde circulan los afectos y los engaños, las rencillas o las cóleras, los falsos profetas y los (des)amores. Es el propio director quien ha destacado la importancia – y la dificultad- de encontrar ese lugar, sin el cual la película no puede siquiera pensarse.

Animal. El animal, como en cierto modo el idiota, vive totalmente en su mismidad. En su radical absorción, no precisa alteridad alguna; vive seguro en su propio encantamiento hecho sólo de luz y materialidad. Presencia que ocupa en totalidad un cuerpo y lo vuelve soberano, libre, sin dependencia, como un orgulloso perro sin dueño en medio de la lluvia. Por eso, propicia un ideal que es, en cierto modo, también, el de la muerte: comprensión o encarnación viva de la muerte: la experiencia de una personalidad ausente pero en el extraño modo de una presencia ineluctable, bestial, precisamente.
El animal en Béla Tarr, el caballo de Turín ejemplarmente, tiene la mirada que notara Baudelaire: “la mirada fija y extática de un animal delante de lo nuevo”. Sólo que ahora lo nuevo es el vacío, la nada: el fin. Es entonces cuando los animales, capaces de notar signos que nosotros no sentimos, vagan y habitan solos en el fango y bajo la lluvia. Porque el animal está por encima del hombre, o más allá del universo degradado de lo humano, al margen de sus flujos de ignominia y condenación, de su esclavitud y desgracia. Porque los hombres (se) traicionan.
Por todo ello, lo que El caballo de Turín nos narra es, simplemente, un proceso o una desgracia insuperable, impeorable o, en palabras del director: que “la vida termina si ya no quedan caballos”.

Caballos. Alguna vez Clarice Lispector habló (Descubrimientos) de “la integridad espiritual” de los caballos. Porque un caballo no “reparte lo que ve”. No tiene una “visión verbal o mental” de las cosas. No siente la necesidad de completar la impresión con la expresión. Dice Lispector: “caballo en el que existe el milagro de que la impresión sea total, tan real, que en la impresión ya es la expresión”. A esa inmanencia absoluta y plena parece que aspiran los personajes de Tarr, su gesto mínimo y reiterado, su significativa mudez. Nunca la alcanzarán, sin embargo, esa gracia del animal, semejante en su falta de conciencia a la de la marioneta de Kleist.

Y patatas: “Canta el gallo / la tierra sus negras plumas abiertas / araña la piedra / y pone sus huevos / no las levantéis demasiado pronto / alumbran / a través de su piel luna/ a los muertos / durante las nieves / amontonadas en las bodegas / gravemente prestan / cuerpo a la sopa/ cuando faltan / no tiene carne el arado / y los hombres mueren de hambre / como el gran oso en la noche invernal “ (John Berger, “Patatas”, en Páginas de la herida).

Los filmes de Béla Tarr son como nanas fúnebres, funestas. La música y la cámara llevan acunando al espectador, fascinado como bajo la mirada medusea o el canto de las sirenas, hacia el interior de la desesperación. El final de todo, sin embargo, es suave y lánguido como un velo de sombra. Como el inmenso y definitivo fundido en negro que clausura el mundo, y con él la imagen de El caballo de Turín. Remate postrero del rumor apocalíptico que se despliega con y como la lluvia, el viento, la bruma o la niebla. Pues, como se dice en La condena: hay un orden del mundo y nadie puede hacer nada para alterarlo. Y es que, en las tramas de Tarr, el universo no tiene objetivo: le basta con ser. Está infinitamente por encima de los hombres.

Por tanto, no hay verdad. Siquiera sea ésta inalcanzable. O bien: no hay trascendencia en el universo de Béla Tarr. Todo es allí materia, cuerpo, en el que representamos la presencia de un espíritu caído, enjaulado, tal vez corrupto. Pero no hay salvación porque no hay modelo. Tan sólo podemos expresar su ausencia, precisamente, a través de esa materia visible y sensible en su mostrenca y molesta actualidad agotada, destruida.

Lo destruido. A veces, tan pocas, no obstante, parece que Tarr dejase abierta la posibilidad – frágil- de la salvación, precisamente desde la perspectiva del hombre destruido. Una lectura ciertamente paradójica y cercana a la que hace, por ejemplo, Maurice Blanchot, cuando comenta la indestructibilidad del hombre mismo, justamente por su capacidad infinita de ser destruido: “el hombre es lo indestructible, y esto significa que la destrucción del hombre no tiene límites”. Que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido debe ser leído al modo de San Pablo, el modo apocalíptico que glosó Walter Benjamin y que aprovechó Kafka: hay salvación, pero no es para nostros. La salvación sólo es posible porque, como pensaban los gnósticos, el hombre es superior a su destino en tanto que es capaz de percibirse a sí mismo como caído. He aquí también la razón de la apatía común a los personajes de Tarr, su pasividad y su cumplimiento existencial en la forma de un destino totalmente cerrado, implacable, que es observado por una visión atenta y paralizada, del todo improductiva, absorbida como está por una atención que dota al desastre de una extrema sabiduría, agudeza y sensibilidad. Como dice Korin, en Ha llegado Isaías, el relato de Laszlo Krasznahorkai que sirve de base a El caballo de Turín: “no cabe la esperanza (…), porque hasta la desesperanza era ya parte del mal”.

La espera. El protagonista y su caballo en el último filme de Tarr recuerdan, en medio de las tormentas y los golpes impíos, terriblemente indiferentes del viento, a la figura del angelus novus de Benjamin. Tienen un aire, efectivamente, apocalíptico. Criaturas fronterizas y víctimas de la profecía mesiánica de un fin o de un juicio final que acumula, incontinente, todos los fragmentos del mundo en rotación, convertidos ahora en polvo, viento y hojas secas. El tiempo del film, como el de todos los relatos de Tarr, es el de la espera. Tiempo en que todas las cosas del mundo son desveladas y, al tiempo, devueltas a su estado latente, esencial. Casi todas las acciones de Tarr- tanto las concretas: beber, bailar o comer o caminar, como las más abstractas: ensoñar, observar, mentir- formalizan este tiempo o modalidad de la espera. Algo, no se sabe sin embargo qué, va, quizás, a suceder. Está por llegar, como lo demuestra el aire cristalizado de la escena, la transparencia milagrosa y fatídica de la calma seca antes del huracán. O, como se dice en Satántangó: “La noticia es que están llegando”. Las mujeres, de espaldas a la cámara y en la cocina, la muchacha por ejemplo en la cabaña del fin del mundo, contemplan, solas, anhelantes, el vacío antes de todo suceder, en el círculo movedizo de su espera, encerradas en ella. Cuando la atención es la ausencia de todo centro. La atención como vacío. Ella es la claridad del vacío mismo. En espera y girada, extrema atención impersonal, hacia lo inesperado, lo que no podría dejarse esperar: el blanco del mundo que se sucede absurdamente sin posibilidad de redención, hasta el negro de la oscuridad (del) final.
Así pues, el personaje arquetípico de Tarr es aquél que mira y espera. Mirada fijada, ante la ventana, sobre el afuera, tal como Kafka lo dibujara, justamente. Como el hombre solitario de la torre de vigilancia del puerto (en El hombre de Londres) o como Karr, en La condena, señala de sí mismo: “Yo no me acerco a nada, son las cosas las que se acercan a mí”. Es lo exterior del mundo (o como mundo), pues, lo que rodea a los hombres y los acucia, los coloniza o los penetra, los rodea y persigue, amenaza o ausculta como la propia cámara de Tarr. En este sentido, El caballo de Turín es, justamente, el último round de este combate, y por lógica, también, la última filmación: aquélla en la que finalmente lo que adviene es la nada, la oscuridad y la sequedad definitiva. Y luego: la expulsión final, el retorno al negro del principio.

Contramundo. El caballo de Turín es un contra-Génesis, una retroversión del principio de la vida. Asistimos a la culminación - literal, para nada metafórica - del nihilismo anunciado por Nietzsche. Antes precisamente de su locura, evidenciada ya dramáticamente cuando, en los primeros días del año 1889, el pensador se arroja en una plaza de Turín a los pies de un caballo, para proteger al animal del maltrato a que lo somete su dueño. Asistimos, por tanto, a los últimos seis días de la humanidad, condensados en la existencia triste y agónica de ese preciso animal y su amo. Como inocentes o ingenuas señales, nuncios y testigos: mártires primeros, quizás, de la definitiva instalación de la desgracia o el mal sobre el mundo. Familia en cierto modo adánica y, a la vez, póstuma (trinidad de padre e hija y animal santo resistiendo en el final de todo edén, de hecho en su punto más alejado y hosco). Reducidos a una vida de extrema supervivencia, como paupérrimos comedores de patatas de Van Gogh que van a ver limitado todo su campo de acción hasta la esterilidad y la impotencia extrema y oscura que traga e impide toda posibilidad de vida. La vida toda, al fin. Hasta el fin.

Alberto Ruiz de Samaniego.

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Correo a Martin Pawley sobre Tabú

Querido Martin Pawley:

Fuimos a ver Tabú el otro día, tal como nos aconsejaste. Éramos cuatro en la sala. Una excelente película. Fue grato saborear una sensibilidad cercana, aunque ligera y hermosamente distinta a la nuestra: ese romanticismo luso de leyenda señorial.

Me gustó la crudeza de la Lisboa invernal de la primera parte, la estrategia de acercamiento al personaje de la protagonista, a la historia de amor adúltero entre Aurora y Ventura, desde el piso de al lado, el de la vecina bienintencionada, fascinada por el carácter de la vieja maniática, siendo ella tan dulcemente gris, con ese vestuario de género barato pero digno, ajeno a cualquier moda; con esa actitud indecisa ante el requerimiento amoroso de su amigo, el pintor de dudoso arte abstracto, ceremonioso y correcto. Curioso el paralelismo entre los padrenuestros y las piadosas jaculatorias a San Antonio de dicha vecina con la supuesta hechicería de la criada negra de Aurora, Santa. Tabú expresa adecuadamente la trama de la pasión lisboeta con sus ex-colonias africanas, un tema que todavía guarda secretos por revelar.

Como podrás suponer, me tocó especialmente la fibra el tratamiento de la memoria musical, en un doble plano. Por una parte, los grupos sesenteros. Gomes recupera las canciones de la época con una fuerte carga emotiva. Ha preservado la electricidad del pick-up y de las primeras parejas de baile. El Tú serás mi baby de Les Surfs mozambiqueños fue uno de los temas de nuestra infancia. Resulta casi desgarrador rememorar la torpeza inocente del acercamiento de los jóvenes portugueses y españoles a la música afroamericana. La secuencia del grupo tocando al borde de la piscina es tremenda, cargada de valor simbólico.

Por otro lado, cuando los jóvenes amantes adúlteros optan por la fuga para dar rienda suelta a su pasión, se internan en el seno de la aldea negra. Es el único lugar que puede acogerles para que dé a luz Aurora, tras el asesinato del curita rebotado y cantante moderno. Explota entonces la música de la tribu mozambiqueña. Con una interesantísima variante del llamado "tango africano", el patrón rítmico que conecta con la saga del ritmo majurí arabe-persa en España, de la que derivan nuestros tanguillos flamencos y pasodobles, que prueba su entronque con la rítmica africana.

Portugal conserva la memoria de su herencia rítmica colonial, aunque sin fundirla con sus canciones populares, como rasgo exótico. Recuerdo la famosa canción de José Afonso, Venham mais cinco, que contenía sonoridad mozambiqueña. España ha hecho exactamente lo contrario: fundir la herencia negra en el compás flamenco, pero sin conservar su memoria.

Me impresionó el modo en que Gomes suprime en la segunda parte el sonido de los diálogos, dejando que se oigan nítidamente los demás ruidos, para hacer un uso poético original del audio, muy distinto de la moda reciente que retorna al cine mudo. Crea así un espacio para realzar el valor de las voces en off, la correspondencia amorosa y desesperada entre Aurora y Ventura, que tiene un clima exaltado de soneto renacentista. Algo parecido puede decirse del uso del blanco y negro, igualmente de moda: Gomes potencia con él la sensación de humedad o la crudeza de la luz, es decir, depura poéticamente las sensaciones. No se trata de un revival.

Como en estos mismos días –siguiendo tus sabios consejos– hemos empezado a ver películas de Bela Tarr, no he podido evitar comparar el estilo narrativo de Gomes con las declaraciones del cineasta húngaro en el making off de El hombre de Londres, donde justifica el despojamiento con el que trata la novela homónima de Simenon diciendo que todas las historias posibles estaban ya en el Antiguo Testamento y que él personalmente detesta las historias.

Gomes representa una manera digna de seguir contando historias. Quizá son demasiadas, si tenemos en cuenta el preludio en el que presenta al padre de la protagonista como una especie de tarjeta postal o de viejo documental colonialista, muy hermoso visualmente, con valor de cuento mágico o de mito. Mito fundacional, pero no de un pueblo, sino de la fortuna aventurera de una familia. El padre explorador, viudo al que se le aparece su mujer muerta, se entrega como víctima a los cocodrilos. Gesto forzado que cumple una función de enlace con la trama africana. Una cría de cocodrilo, quizá alimentada de la carne del padre portugués sacrificado, moviéndose de una finca a otra, dará lugar a que se cometa el adulterio y luego el crimen.

Con voracidad narrativa, Gomes abarca tambén el inicio del periodo revolucionario en Mozambique, para dejarnos una nota sobre el falseamiento ideológico del movimiento de liberación, que se atribuye el crimen como una prueba de su avance. Gomes otorga más confianza a la pasión mitificada que a la ideología, aunque ésta pretenda presentarse como liberadora. Al atreverse a alzar la historia familiar, social y política al nivel del mito, Tabú da muestras de valentía narrativa contemporánea, muy lejos del cacareo habitual del cine español –y también de la novela– en relación con ese "contar historias" que no aportan nada.

Esta delicada e intensa historia lusoafricana sí aporta algo. Sería bueno que las salas en que se proyecta reciban algunos espectadores más, antes de que desaparezca de la cartelera.

Un fuerte abrazo.

Santiago Auserón

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O mellor de 2012: Iago Martínez

Iago Martínez é xornalista. Fai crítica musical para Rockdelux e dirixe e conduce o programa de radio Disimulen en CuacFM.

Son películas de 2012 e arredores, pero en todo caso vistas o xa ano pasado. A orde é apenas aproximada.

Tabu (Miguel Gomes)
Holy Motors (Leos Carax)
Leviathan (Véréna Paravel e Lucien Castaing-Taylor)
Cosmopolis (David Cronenberg)
The Turin Horse (Béla Tarr)
Take Shelter (Jeff Nichols)
Shame (Steve McQueen)
Un amour de jeunesse (Mia Hansen-Løve)
La cueva de los sueños olvidados (Werner Herzog)
Moonrise Kingdom (Wes Anderson)
Declaración de guerra (Valerie Donzelli)
Arraianos (Eloy Enciso)
Montaña en sombra (Lois Patiño)
Ensayo final para utopía (Andrés Duque)
Las malas hierbas (Alain Resnais)
Argo (Ben Affleck)
Las nieves del Kilimanjaro (Robert Guediguian)

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O mellor de 2012: Carlos Losilla

Carlos Losilla é profesor na Universidade Pompeu Fabra e crítico de cinema, colaborador, entre outras publicacións, de Caimán - Cuadernos de Cine.

Las mejores 25 vistas en 2012 (sin orden y en cualquier circunstancia y/o soporte)

The Master (Paul Thomas Anderson)
La Folie Almayer (Chantal Akerman)
La noche de enfrente (Raúl Ruiz)
O Gebo e a sombra (Manoel de Oliveira)
L’inconsolable (Jean-Marie Straub)
In Another Country (Hong Sang-soo)
La noche más oscura (Kathryn Bigelow)
The Muppets (James Bobin)
Casa de mi padre (Matt Piedmont)
Museum Hours (Jem Cohen)
Margaret (Kenneth Lonergan)
El muerto y ser feliz (Javier Rebollo)
A última vez que vi Macau (João Pedro Rodrigues, João Rui Guerra da Mata)
Bella addormentata (Marco Bellocchio)
Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas)
Io e te (Bernardo Bertolucci)
Bernie (Richard Linklater)
Mátalos suavemente (Andrew Dominik)
Take Shelter (Jeff Nichols)
El caballo de Turín (Béla Tarr)
Holy Motors (Léos Carax)
Ted (Seth McFarlane)
Los tres chiflados (Bobby & Peter Farrelly)
Cosmopolis (David Cronenberg)
Diamond Flash (Carlos Vermut)

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O mellor de 2012: Eulàlia Iglesias

Eulàlia Iglesias é crítica de cinema (colaboradora, entre outras publicacións, de Caimán - Cuadernos de Cine e Rockdelux) e profesora na Universitat Rovira i Virgili.

Equipo titular:
Holy Motors (Leos Carax)
A última vez que vi Macau (João Pedro Rodrigues, João Rui Guerra de Mata)
The Deep Blue Sea (Terence Davies)
Like Someone in Love (Abbas Kiarostami)
Las malas hierbas (Alain Resnais)
El caballo de Turín (Béla Tarr)
Cosmopolis (David Cronenberg)
Diamond Flash (Carlos Vermut)
The Yellow Sea (Na Hong-jin)
La casa Emak Bakia (Oskar Alegria)
Damsels in distress (Whit Stillman)
Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas)

En el banquillo:
Moonrise Kingdom (Wes Anderson)
Margaret (Kenneth Lonergan)
Martes, después de Navidad (Radu Muntean)
Ensayo final para utopía (Andrés Duque)
Animals (Marçal Forés)
Madagascar 3 (Eric Darnell, Conrad Vernon & Tom McGrath)
Museum Hours (Jem Cohen)
Starlet (Sean Baker)
American Mary (Jen Soska, Sylvia Soska)
Vous n'avez encore rien vu (Alain Resnais)
Compliance (Craig Zobel)
Tectonics (Peter Bo Rapmund)

Extras DVD: Lockout de Antoni Padrós y el resto del digibook El cinema i els seus marges (Cameo/Filmoteca Catalunya) y La embajada de Chris Marker y el resto de pack Chris Marker: mosaico 1968-2004

Nota 1: No aparecen Fausto de Aleksandr Sokurov, Declaración de guerra de Valérie Donzelli y L'Apollonide de Bertrand Bonello porque ya entraron en la lista (de sin distribución o pendientes de estreno) del año pasado. Tampoco The Master, In Another Country, Spring breakers y Tabú porque aparecerán, seguro (no lo tengo tan claro con La noche más oscura) en la del año que viene.

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