Lo destruido, la espera. Notas sobre el cine de Béla Tarr

por Alberto Ruiz de Samaniego

Ritornello. Hay algo percutiente, repetitivo, giróvago en el cine de Béla Tarr. Es un efecto que a menudo abraza sus tramas, con una circularidad asfixiante y neurótica, y que se enfatiza, por ejemplo, en el tratamiento de audio, con esos ruidos que se reiteran - agua de grifo goteando, silbidos de las máquinas, golpeteos en la oscuridad, susurros de los elementos-; pero también con la música, como de alucinada verbena o pasacalles de ultramundo, ya sean notas mínimas, repetitivas, en un acordeón sonambúlico que siempre retorna, o ya en las creaciones del músico Mihály Vig. Esos ruidos percutientes baten en la conciencia desdichada de los protagonistas como un martillo abriendo grietas en un muro ya de por sí resquebrajado.

Ritual. La cámara, efectivamente, se mueve. Y los actores, en el interior de ese curso obsesivo que el objetivo traza, se petrifican o congelan casi como estatuas de sal, como en un continuo, contenido acto ritual. El cine de Béla Tarr tiene algo del Mizoguchi de los 47 samuráis, de ese formalismo exacerbado, donde el tiempo languidece y los cuerpos se vuelven pesadas piedras silenciosas, como enormes planetas negros y cansados, melancólicos: constelación como de Saturno. Cargados con una densidad que les supera, criaturas parásitas en un elemento o medio que (ya) no es el suyo, los personajes, cuando hablan, lo poco que hablan, lo hacen como sibilas, en medio de su desvarío y oscuridad. En la escritura del cineasta húngaro es muy importante también el uso y sentido de la elipsis, para unificar uno tras otro los diversos bloques de duración en que todo film de Tarr consiste; igual que el artificio sumo donde un blanco y negro muy contrastado contiende con las nieblas y los resoplidos del polvo y los rincones. Realismo trascendido, pues, en su raíz más terrena, en su entraña: hasta el onirismo o la visión. Metafísica entonces de – y desde- la materia extenuada, cuando lo agotado es, como en El caballo de Turín, el mundo todo.

Béla Tarr o la materialidad de las cosas, incluso de la luz. Y especialmente de los pequeños objetos, los más humildes enseres domésticos: cajas, puertas o arcones de madera, mesas y sillas, jarras de vidrio, pieles de patata, manteles y cuchillos, objetos de cocina…De las tareas más humildes y cotidianas: el roce de los zapatos sobre el suelo, las costumbres de aseo, todo tipo de protocolos sociales habituales elaborados con la mayor austeridad y simpleza. Las secuencias tienden a culminar, por ello, a menudo, en la figura del bodegón. Pues nada es más importante al cabo que las actividades meramente corporales, fisiológicas, del gesto atado a la tierra, la gravedad y la carne. La metafísica se hermana entonces con la infra-física, y la repetición o el formalismo extremo devienen, en definitiva, el entrenamiento consuetudinario de lo espiritual.

Apogeo del plano secuencia. En su seguimiento del andar, o simplemente del estar, la cámara que acompaña la caminata o la presencia del actor se vuelve pasoliniana. Elogio y práctica intensificada, morosa de la cámara-entre, la cámara como intervalo que circula con y entre los seres y las cosas: culminación del cine de poesía, del estilo indirecto libre según PPP. Cada plano secuencia supone la construcción y el seguimiento de un bloque de vida puro, un continuum que respeta la naturaleza de la duración en tanto que flujo donde las cosas, los hombres y los afectos se mezclan y gravitan al modo de un campo magnético problemático y fatal. Cada plano secuencia dibuja un microcosmos, formaliza o condensa un trozo de espacio-tiempo donde se concentra toda la presión cósmica. Donde se sostiene o circula la vida en medio y antes de su – segura- desintegración. Es este apogeo del plano secuencia y sus virtuales variaciones y matices, o saltos de detalle y visión dentro del plano, lo que hace que el cine de Tarr evite el montaje explícito, como actividad separada y posterior al acto de la filmación, a favor de una suerte de montaje interno realizado en el momento mismo del registro.

Tableau vivant. Hay también algo de tableau vivant en la forma de concebir las escenas. Una minuciosa coreografía estática: tiempo y personajes (o espacio) se mueven como un lento e impasible, imponderable ballet. Una danza verdaderamente demoníaca, ronda o rondó como del diablo. Pero lo importante es el lugar. Mucho más que un espacio cualquiera. El lugar preciso en que moverse, desde el que moverse y existir. Por donde circulan los afectos y los engaños, las rencillas o las cóleras, los falsos profetas y los (des)amores. Es el propio director quien ha destacado la importancia – y la dificultad- de encontrar ese lugar, sin el cual la película no puede siquiera pensarse.

Animal. El animal, como en cierto modo el idiota, vive totalmente en su mismidad. En su radical absorción, no precisa alteridad alguna; vive seguro en su propio encantamiento hecho sólo de luz y materialidad. Presencia que ocupa en totalidad un cuerpo y lo vuelve soberano, libre, sin dependencia, como un orgulloso perro sin dueño en medio de la lluvia. Por eso, propicia un ideal que es, en cierto modo, también, el de la muerte: comprensión o encarnación viva de la muerte: la experiencia de una personalidad ausente pero en el extraño modo de una presencia ineluctable, bestial, precisamente.
El animal en Béla Tarr, el caballo de Turín ejemplarmente, tiene la mirada que notara Baudelaire: “la mirada fija y extática de un animal delante de lo nuevo”. Sólo que ahora lo nuevo es el vacío, la nada: el fin. Es entonces cuando los animales, capaces de notar signos que nosotros no sentimos, vagan y habitan solos en el fango y bajo la lluvia. Porque el animal está por encima del hombre, o más allá del universo degradado de lo humano, al margen de sus flujos de ignominia y condenación, de su esclavitud y desgracia. Porque los hombres (se) traicionan.
Por todo ello, lo que El caballo de Turín nos narra es, simplemente, un proceso o una desgracia insuperable, impeorable o, en palabras del director: que “la vida termina si ya no quedan caballos”.

Caballos. Alguna vez Clarice Lispector habló (Descubrimientos) de “la integridad espiritual” de los caballos. Porque un caballo no “reparte lo que ve”. No tiene una “visión verbal o mental” de las cosas. No siente la necesidad de completar la impresión con la expresión. Dice Lispector: “caballo en el que existe el milagro de que la impresión sea total, tan real, que en la impresión ya es la expresión”. A esa inmanencia absoluta y plena parece que aspiran los personajes de Tarr, su gesto mínimo y reiterado, su significativa mudez. Nunca la alcanzarán, sin embargo, esa gracia del animal, semejante en su falta de conciencia a la de la marioneta de Kleist.

Y patatas: “Canta el gallo / la tierra sus negras plumas abiertas / araña la piedra / y pone sus huevos / no las levantéis demasiado pronto / alumbran / a través de su piel luna/ a los muertos / durante las nieves / amontonadas en las bodegas / gravemente prestan / cuerpo a la sopa/ cuando faltan / no tiene carne el arado / y los hombres mueren de hambre / como el gran oso en la noche invernal “ (John Berger, “Patatas”, en Páginas de la herida).

Los filmes de Béla Tarr son como nanas fúnebres, funestas. La música y la cámara llevan acunando al espectador, fascinado como bajo la mirada medusea o el canto de las sirenas, hacia el interior de la desesperación. El final de todo, sin embargo, es suave y lánguido como un velo de sombra. Como el inmenso y definitivo fundido en negro que clausura el mundo, y con él la imagen de El caballo de Turín. Remate postrero del rumor apocalíptico que se despliega con y como la lluvia, el viento, la bruma o la niebla. Pues, como se dice en La condena: hay un orden del mundo y nadie puede hacer nada para alterarlo. Y es que, en las tramas de Tarr, el universo no tiene objetivo: le basta con ser. Está infinitamente por encima de los hombres.

Por tanto, no hay verdad. Siquiera sea ésta inalcanzable. O bien: no hay trascendencia en el universo de Béla Tarr. Todo es allí materia, cuerpo, en el que representamos la presencia de un espíritu caído, enjaulado, tal vez corrupto. Pero no hay salvación porque no hay modelo. Tan sólo podemos expresar su ausencia, precisamente, a través de esa materia visible y sensible en su mostrenca y molesta actualidad agotada, destruida.

Lo destruido. A veces, tan pocas, no obstante, parece que Tarr dejase abierta la posibilidad – frágil- de la salvación, precisamente desde la perspectiva del hombre destruido. Una lectura ciertamente paradójica y cercana a la que hace, por ejemplo, Maurice Blanchot, cuando comenta la indestructibilidad del hombre mismo, justamente por su capacidad infinita de ser destruido: “el hombre es lo indestructible, y esto significa que la destrucción del hombre no tiene límites”. Que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido debe ser leído al modo de San Pablo, el modo apocalíptico que glosó Walter Benjamin y que aprovechó Kafka: hay salvación, pero no es para nostros. La salvación sólo es posible porque, como pensaban los gnósticos, el hombre es superior a su destino en tanto que es capaz de percibirse a sí mismo como caído. He aquí también la razón de la apatía común a los personajes de Tarr, su pasividad y su cumplimiento existencial en la forma de un destino totalmente cerrado, implacable, que es observado por una visión atenta y paralizada, del todo improductiva, absorbida como está por una atención que dota al desastre de una extrema sabiduría, agudeza y sensibilidad. Como dice Korin, en Ha llegado Isaías, el relato de Laszlo Krasznahorkai que sirve de base a El caballo de Turín: “no cabe la esperanza (…), porque hasta la desesperanza era ya parte del mal”.

La espera. El protagonista y su caballo en el último filme de Tarr recuerdan, en medio de las tormentas y los golpes impíos, terriblemente indiferentes del viento, a la figura del angelus novus de Benjamin. Tienen un aire, efectivamente, apocalíptico. Criaturas fronterizas y víctimas de la profecía mesiánica de un fin o de un juicio final que acumula, incontinente, todos los fragmentos del mundo en rotación, convertidos ahora en polvo, viento y hojas secas. El tiempo del film, como el de todos los relatos de Tarr, es el de la espera. Tiempo en que todas las cosas del mundo son desveladas y, al tiempo, devueltas a su estado latente, esencial. Casi todas las acciones de Tarr- tanto las concretas: beber, bailar o comer o caminar, como las más abstractas: ensoñar, observar, mentir- formalizan este tiempo o modalidad de la espera. Algo, no se sabe sin embargo qué, va, quizás, a suceder. Está por llegar, como lo demuestra el aire cristalizado de la escena, la transparencia milagrosa y fatídica de la calma seca antes del huracán. O, como se dice en Satántangó: “La noticia es que están llegando”. Las mujeres, de espaldas a la cámara y en la cocina, la muchacha por ejemplo en la cabaña del fin del mundo, contemplan, solas, anhelantes, el vacío antes de todo suceder, en el círculo movedizo de su espera, encerradas en ella. Cuando la atención es la ausencia de todo centro. La atención como vacío. Ella es la claridad del vacío mismo. En espera y girada, extrema atención impersonal, hacia lo inesperado, lo que no podría dejarse esperar: el blanco del mundo que se sucede absurdamente sin posibilidad de redención, hasta el negro de la oscuridad (del) final.
Así pues, el personaje arquetípico de Tarr es aquél que mira y espera. Mirada fijada, ante la ventana, sobre el afuera, tal como Kafka lo dibujara, justamente. Como el hombre solitario de la torre de vigilancia del puerto (en El hombre de Londres) o como Karr, en La condena, señala de sí mismo: “Yo no me acerco a nada, son las cosas las que se acercan a mí”. Es lo exterior del mundo (o como mundo), pues, lo que rodea a los hombres y los acucia, los coloniza o los penetra, los rodea y persigue, amenaza o ausculta como la propia cámara de Tarr. En este sentido, El caballo de Turín es, justamente, el último round de este combate, y por lógica, también, la última filmación: aquélla en la que finalmente lo que adviene es la nada, la oscuridad y la sequedad definitiva. Y luego: la expulsión final, el retorno al negro del principio.

Contramundo. El caballo de Turín es un contra-Génesis, una retroversión del principio de la vida. Asistimos a la culminación - literal, para nada metafórica - del nihilismo anunciado por Nietzsche. Antes precisamente de su locura, evidenciada ya dramáticamente cuando, en los primeros días del año 1889, el pensador se arroja en una plaza de Turín a los pies de un caballo, para proteger al animal del maltrato a que lo somete su dueño. Asistimos, por tanto, a los últimos seis días de la humanidad, condensados en la existencia triste y agónica de ese preciso animal y su amo. Como inocentes o ingenuas señales, nuncios y testigos: mártires primeros, quizás, de la definitiva instalación de la desgracia o el mal sobre el mundo. Familia en cierto modo adánica y, a la vez, póstuma (trinidad de padre e hija y animal santo resistiendo en el final de todo edén, de hecho en su punto más alejado y hosco). Reducidos a una vida de extrema supervivencia, como paupérrimos comedores de patatas de Van Gogh que van a ver limitado todo su campo de acción hasta la esterilidad y la impotencia extrema y oscura que traga e impide toda posibilidad de vida. La vida toda, al fin. Hasta el fin.

Alberto Ruiz de Samaniego.

Chuzame! A Facebook A Twitter

(Re)visión do Novo Cinema Galego

Na edición de 2010 do Festival de Cannes participou o filme galego Todos vós sodes capitáns, de Oliver Laxe, que finalmente levaría o prestixioso Premio FIPRESCI. Sen ningunha dúbida este é o momento máis importante da Historia do Cinema en Galicia. Antes deste gran logro, concretamente uns cinco meses antes, acuñouse o termo Novo Cinema Galego pensando xa no alcance do filme de Laxe e prevendo, con algo de risco, todo o que viría despois. Este mes de maio que se cumple o tercer aniversario daquel éxito en Cannes é un momento máis que axeitado para facer revisión do que deu de si o que agochan estas tres verbas, NOVO CINEMA GALEGO.

Nun principio dicir que estes tres anos pasan por ser o momento de maior esplendor desta inercia creadora que agocha esta etiqueta e, por ende, do Cinema Galego. Mais hai que recoñecer que antes deste período houbo unha etapa necesaria que acondicionou o terreo para o que estamos a vivir: o xermolo para erixir este andamio foron as políticas audiovisuais realizadas no seu día desde a Axencia Audiovisual Galega. Este soporte da Xunta de Galicia foi sendo perfilado durante a lexislatura até a súa definitiva eliminación, trala que se agarda unha notábel redución da produción. O futuro próximo, se non din o contrario os creadores, pasará a ser unha fase dominada polo declive.

No pasado Play-doc houbo unha xuntanza de directores, críticos e programadores de Galicia no que se intercambiaron pareceres sobre esta efervescencia creativa. O “malo” desta xornada é que houbo consenso en todo, unha circunstancia que se acabou revelando toda unha evidencia. Ao botar a mirada atrás todo o mundo se congratulou polo acadado mais a satisfación ficou mitigada pola incerteza do futuro.

Outro dos elementos consolidadores do Novo Cinema Galego foi a percepción externa. Os filmes foron os mellores embaixadores para falar do que se estaba facendo en Galicia en materia cinematográfica; non foi a asistencia en mercados, nin o papel das distribuidoras, nin a promoción da administración, nin o apoio do sector, nin o respaldo do público... Mais que podía acontecer se a estos filmes se lle sumara todo iso? Actualmente existe o recoñecemento internacional de que algo se fixo ben en Galicia en apoios á produción. A aparición dun bo feixe de filmes avaliables, a súa presenza nos circuitos de festivais e en medios especializados foi suficiente para que críticos, programadores e cinéfilos de todo o mundo se interesaran polo que está a acontecer en Galicia. Unha curiosidade que, porén, non existe no país, onde hai un desleixo xeralizado. Unha desconsideración que procede, sobre todo, do ámbito da Cultura Galega, que nunca soubo valorar o cinema como ferramenta cultural.

A estas alturas xa se pode facer un diagnóstico máis acaído das confluencias e características que se dan no Novo Cinema Galego. Os seus filmes non seguen un patrón establecido e ofrecen moita diversidade e variedade nas propostas. Hai un gran interese pola experimentación e por asumir riscos creativos. Manexan temas que transcenden a ubicación local por seren contemporáneos e universais: memoria, identidade, panteísmo, alteridade, reflexión sobre o medio... A creación, por primeira vez en Galicia, vén secundada pola crítica e a programación. Hai un cambio de modelo de produción caracterizado polo low-cost e pola erradicación da figura do produtor ao uso. Isto fai que exista un predominio da non-ficción pola súa accesibilidade e liberdade. Os creadores proceden de distintos campos e non se moven por cuestións xeracionais senón por inquedanzas artísticas. O espírito que os move é a consideración de que o cinema “non é un negocio senón un acto de amor”. Unha concidencia que os leva a ter unha disposición de colaborar entre si: prestándose equipos, asesoramento, promoción exterior... Os directores son cinéfilos, pensan a imaxe, non só a deles senón a dos demais. Unha bagaxe reflexiva que os leva a atopar unha referencialidade coherente. Existen algunhas coincidencias contextuais con outros focos de creación cinematográfica no mundo mais a densidade de cineastas que fan este tipo de obras en Galicia é o suficientemente elevada para falar con autonomía da existencia do Novo Cinema Galego.

Xurxo González

Chuzame! A Facebook A Twitter

Fragmentos de Brand, poderosos e intensos

por Miguel Castelo

Non é Fragmentos de Brand un filme redondo, completo, definitivamente rematado. Mais hai nel cousas ben interesantes e suxestivas, inquedantes e se cadra contraditorias, que estimulan a imaxinación e incitan a facer preguntas. Algunhas tiveron resposta da boca do seu director, Carlos Álvarez-Ossorio, o outro día, logo da súa proxección no CGAI. Trátase dunha experiencia colectiva, que ten a súa orixe no poema dramático Brand (1866) do autor noruegués Henrik Ibsen, unha proposta escénica levada a cabo pola compañía compostelá Cámara Negra, que dirixe o propio Álvarez-Ossorio. Non se trata, logo, da adaptación cinematográfica dun texto escénico senón da peza teatral, da transposición da proposta escénica xa concluída. É a partir da adaptación teatral que se aborda a nova adaptación, a experiencia cinematográfica. Así, realizase un primeiro traballo de síntese de parlamentos e personaxes que, de segundas, volve experimentar novas transformacións nas alocucións, mesmo coa supresión dalgunhas delas, mentres se conserva a redución dos dezasete personaxes principais do texto orixinal a cinco. En consecuencia, os intérpretes da escena teatral, Xosé M. Esperante, Teté García, Marta Pérez, Alejandro Carro e José María López Baño “Tanas”, son os mesmos da escena cinematográfica.

Resulta significativo e ben estimulante asistir á constatación do que se prevía: os filmes de maior interese, artisticamente máis cobizosos, máis arriscados e anovadores da última produción galega -na liña do que se está facer noutras latitudes do planeta- son os que se encadran no modelo que se afasta do grande, e mesmo non tan grande, aparato industrial. Fragmentos de Brand exemplifica como ningún outro esta constatación. Produce a propia compañía teatral, e ao elenco citado súmanse o director de fotografía e operador, Diego Frey, o responsábel do son directo, Xoán Escudero, e Anxo Cendal, axudante de arte, quen tamén se ocupa da foto-fixa conxuntamente con Fátima R. Varela, función que esta engade á súa condición de produtora executiva, que comparte co director. Este cativo equipo -ao que na fase de montaxe e postprodución se incorporan o axudante de edición de son, Roberto Cacabelos, o compositor musical, Francisco José Cuadrado, o coro Opus Vocis, integrado por Begoña Badajoz, Cinta Valle, Manuel Ángel León e Jesús Pérez, e o reparador dixital, Juan Galva-, provisto dun ínfimo orzamento e desasistido de toda axuda económica externa, consegue poñer en pe un proxecto extraordinario, un filme sustentado nunha proposta infrecuente, a adaptación cinematográfica dunha adaptación teatral, obtendo logrados e rechamantes resultados.

Unha espléndida fotografía en branco e negro, uns poderosos escenarios, exteriores e interiores, e un ben elaborado espazo sonoro, do que a música fai parte importante, constitúen, polo seu rigor e coherencia, as súas principais virtudes. Así mesmo, no confesado desexo da permanencia de pegadas do teatral no cinematográfico, a función do plano-secuencia como procedemento recorrente resulta acorde na medida que a súa unidade temporal evita a interrupción do traballo actoral, mentres que a frontalidade do punto de vista subliña o arcaico e o primitivo do drama. Mágoa que non sempre os habitantes do encadre doten os seus itinerarios da significación que o único punto de vista lles nega e, con frecuencia, estes tráficos, ao igual que olladas, xestos e emisións verbais conserven o nivel expresionista da composición teatral, cando agora, a dimensión do cadro non o require. Pola contra, o uso do fóra de campo, tan excitante e provocador na escena teatral como na fílmica, resulta aquí plenamente eficaz.

Por outra parte, malia o nivel de abstracción ao que o dobre cometido de adaptación levou a peza, permanece nas súas escenas/secuencias un aquel de narratividade que non se acaba de concretar. Así, alén da transcendencia do tema do estéril e ineficaz da practica da caridade e do rigor, a severa rixidez e a intransixencia na defensa dos principios até o punto do sacrificio de vidas humanas, que o autor escandinavo sitúa no marco histórico da invasión prusiana a Dinamarca en 1864, e o filme deixa nun inconcreto espazo temporal, non resulta fácil entender a peripecia do atormentado personaxe protagonista. Orfo do seu contexto social, presidido polo luteranismo, o obxectivo de levar a “historia” a un marco espazo-temporal indefinido, xa que logo tamén aos nosos días, vese dificultado. Privado da súa orixinal condición de clérigo e sen a adxudicación dalgunha acción significativa, Brand non resulta doado de entender como personaxe. A súa particular visión da vida coa fe como elemento único de salvación, o seu dilema complexo de se debater entre a condición de mártir da verdade e a de vítima das súas propias desmedidas esixencias están máis na súa palabra do que en calquera outro elemento do relato.

Mais vistas as poderosas e intensas imaxes de Fragmentos de Brand, non resulta doado esquecelas. Todo un logro, na sempre complexa e complicada operación da construcción cinematográfica. Unha conquista que provén da decidida entrega e o compromiso artístico do equipo de traballo ao completo. Unha dedicación admirábel de intérpretes e técnicos que no decurso de tres anos mantiveron firme a súa fe na proposta. Un ano de filmación, conciliando de modo fragmentario as súas dispoñibilidades. Unha aposta por un proxecto singular, situado na máis afastada periferia da industria, o que ennobrece de modo excepcional o investimento laboral dos seus participantes, coñecedores da súa condición de socios accionistas dunha empresa artística de limitado horizonte comercial. Unha experiencia vital de coñecemento e aprendizaxe, concretada nun filme de fasquía peculiar, merecente do recoñecemento de máis dun certame internacional.

Chuzame! A Facebook A Twitter

Espera y exaltación

por Alberto Ruiz de Samaniego

En Holy Motors, la escena del concierto de acordeón dentro la iglesia es central, en todos los aspectos. Siendo, aparentemente, la más enigmática y marginal en relación con la trama, es este estatuto, precisamente, el que le concede la capacidad metonímica de condensar todo el espíritu del film. Y es que de espíritus, efectivamente, se trata. Pues esta escena muestra, antes que nada, una gozosa velada fúnebre, un wake, a la manera irlandesa, por ejemplo, del renombrado velatorio de Finnegans que canta la canción. Aquél que se volvía un despertar gracias al inmoderado trasiego de alcohol. Así, el whisky que a Finnegans mató le devolvió también la vida - no ha de ser casualidad que la palabra whisky venga de la expresión irlandesa uisce beata, que significa agua de la vida-. En todo caso, la canción, como el texto de Joyce o el film de Carax, alude al ciclo de la vida en tanto que una continua resurrección: morir, resucitar, levantarse de nuevo… Vemos en la escena, pues, una descarga funeraria tan crepuscular como resurreccional. Diríamos incluso, con Derrida, “re-insurreccional” (Espectros de Marx). Se trata del espíritu del cine – o del último actor, el último hombre, en definitiva- celebrando una suerte de doble momento: su fin o su muerte y, a la vez, su promoción, una promoción en la muerte, por la muerte misma.
Dotado así del mismo espíritu filosófico que le conceden Blanchot o Derrida a este juego espectral, vemos al actor ir visiblemente en cabeza en el preciso momento de celebrar su desaparición y su entierro, presidiendo – como una magnífica y poderosa estantigua- la procesión musical de sus propios funerales. Y lo vemos elevarse, exaltarse en el transcurso de esta marcha hasta alcanzar la gozosa - y gloriosa - resurrección.
Anuncio de entierro. Inminencia y deseo de resurrección. Incluso gloria. Espera y exaltación en medio de la desaparición y un cierto final. El film de Carax se halla – como el cine mismo- en el gozne de esta experiencia aguda de crisis y contradicción, de negatividad. Sólo que Carax la ha llevado ahora hasta el extremo, para saber, quizás, qué es lo que de ella, o en ella, resistirá.

* * *

Nota dos editores: este texto complementa ooutro artigo do mesmo autor publicado hai uns meses neste blog, Las máscaras de la ficción. Notas a partir de Holy Motors de Leos Carax

Chuzame! A Facebook A Twitter

Tropicália (Marcelo Machado, 2012)

Con sumo pracer ocupei a sobremesa do domingo vendo Tropicália, exultante documental de Marcelo Machado que revisa a revolución cultural brasileira de finais dos 60, os anos de chumbo da ditadura militar que foi acoutando liberdades e reprimindo a poboación a través dos chamados "Atos Institucionais". Cun pé na vangarda máis radical e outro na cultura popular, o tropicalismo deixouse notar nas artes plásticas e escénicas, no cinema e sobre todo na música, da man dun glorioso grupo de xenios que inclúe, entre outros, os ben coñecidos Caetano Veloso, Gilberto Gil, Tom Zé e Os Mutantes e tamén o menos popular mais extremadamente influínte Rogério Duprat. Machado manexa un exhaustivo material de arquivo, tanto gravacións televisivas coma filmes (Iván Cardoso, Glauber Rocha, Walter Lima Jr, Carlos Diegues, Júlio Bressane), e con el tece un apaixonado e entusiasta repaso ao legado impagábel dun movemento que provocou unha intensa división de opinións: naquel duro contexto político mesmo entre os grupos de oposición ao réxime militar non eran poucos os que acusaban aos tropicalistas de "entreguismo á cultura ianqui" e "alienación". Unha tentación, a de permanecer confortabelmente ancorados en formas estéticas escritas en pretérito perfecto, infelizmente común no pensamento (noutros ámbitos) progresista contemporáneo. Quizais por iso un dos momentos máis poderosos de Tropicália é ese no que se escoita ao Caetano Veloso pronunciando a berros estas lúcidas palabras:

Mas é isso que é a juventude que diz que quer tomar o poder? Vocês têm coragem de aplaudir, este ano, uma música, um tipo de música que vocês não teriam coragem de aplaudir no ano passado! São a mesma juventude que vão sempre, sempre, matar amanhã o velhote inimigo que morreu ontem! Vocês não estão entendendo nada, nada, nada, absolutamente nada (...) Se vocês forem… se vocês, em política, forem como são em estética, estamos feitos!

Martin Pawley

Chuzame! A Facebook A Twitter